No soporto más verlo así por más tiempo.
Algo dentro de mí se rebela, cansado, saturado de lágrimas, de culpa ajena y propia, de ese dolor que no encuentra forma de acomodarse en el pecho sin lastimar. Las manos me tiemblan cuando vuelvo a tomarlo de los brazos, con más firmeza esta vez, obligándome a mirarlo, aunque él evite mis ojos.
—James —mi voz sale rota, suplicante—. Por favor, ponte de pie.
Niega de inmediato, un gesto rápido pero automático.
—No —musita—. No puedo…
—Sí puedes —insisto,