Todo lo que hago es correr.
No pienso, no siento el mármol bajo mis pies ni el peso del vestido, ni el frío que me arropa mientras avanzo sin dirección por los pasillos interminables de este maldito castillo. Lo único que escucho es el rugido de mi respiración, áspera, desesperada, agitada, como si algo dentro de mí hubiese estallado.
Y estallo. No me cohíbo, porque entendí muy bien lo que allá atrás escuché. Yo lo escuché todo.
Comienzo a llorar sin poderme controlar, intentando no quedarme sin