Todo lo que hago es correr.
No pienso, no siento el mármol bajo mis pies ni el peso del vestido, ni el frío que me arropa mientras avanzo sin dirección por los pasillos interminables de este maldito castillo. Lo único que escucho es el rugido de mi respiración, áspera, desesperada, agitada, como si algo dentro de mí hubiese estallado.
Y estallo. No me cohíbo, porque entendí muy bien lo que allá atrás escuché. Yo lo escuché todo.
Comienzo a llorar sin poderme controlar, intentando no quedarme sin aire mientras avanzo sin detenerme. Me llevo las manos temblorosas a la boca en un estúpido intento de contenerme, pero no puedo.
No puedo siquiera detenerme, porque estoy siendo empujada por un impulso primitivo que no entiendo ni quiero saber. Solo quiero llorar. Llorar y alejarme de él.
Doblo la primera esquina sin fijarme realmente hacia dónde me lleva. El aire me revienta los pulmones, me cuesta retenerlo. Con cada inhalación, siento como si se me clavaran alfileres en las costillas que me