Su voz, dolida, cargada de pena, se escucha detrás de mí.
El corazón me da un vuelco y siento como si el mundo se congelara. Lo percibo, porque he dejado de caminar, me he quedado paralizada sin poder dar un paso más.
—Harriet —repite, esta vez más cerca—. Por favor, mírame.
No lo hago, no puedo. El cuerpo me tiembla más y mi respiración se vuelve errática. Aprieto los labios en una delgada línea solo para que no me escuche llorar. Seguramente sabía cuánto lloré por mis padres y aun así le impor