Su voz, dolida, cargada de pena, se escucha detrás de mí.
El corazón me da un vuelco y siento como si el mundo se congelara. Lo percibo, porque he dejado de caminar, me he quedado paralizada sin poder dar un paso más.
—Harriet —repite, esta vez más cerca—. Por favor, mírame.
No lo hago, no puedo. El cuerpo me tiembla más y mi respiración se vuelve errática. Aprieto los labios en una delgada línea solo para que no me escuche llorar. Seguramente sabía cuánto lloré por mis padres y aun así le importó un carajo aceptar este matrimonio.
«Oh, por Dios… ¿Acaso mi abuela lo sabía también?».
La respiración me falla. Me llevo una mano a los labios para evitar dejar escapar un gemido ahogado
—Harriet —pronuncia mi nombre con el alma desgarrada—, por favor.
El corazón se me aprieta.
—Cielo…
Algo dentro de mí estalla como un volcán y me volteo señalándolo con el dedo. Me importa un carajo que ahora sea el rey; no me interesa tenerle respeto en este preciso momento.
—No te atrevas a llamarme así otr