No había amenazado en vano cuando le dijo que quería seducirla. Sus constantes referencias mordaces, que ella devolvía con liviandad, no eran más que una pantalla, un falso juego en el que se mostraba por encima de todo y en total control de sus facultades, cuando sabía que sus barreras temblaban ante ella. Las que parecían frases sueltas que buscaban desestabilizarla e incomodarla, eran verdades como puños.
Era total y absolutamente real que a Aidan le encantaría juguetear con sus pechos, hast