Sus dedos se dirigieron a sus pezones y a su núcleo, rozándolos y frotándolos con intensidad creciente, excitándose más y más con cada toque, alimentado y estimulado por imágenes frescas. Con los ojos cerrados, se dejó llevar y cada roce que su pulgar efectuó sobre sus delicadas aureolas, cada masaje sobre su centro, estuvo incitado por el rostro, la piel, los músculos y la sonrisa de Aidan Monahan. Fue su nombre el que musitó entrecortada cuando el clímax más intenso de las últimas semanas la