—No las escucharé más. No tengo nada que decirles, salvo que me dan pena. Usted—se dirigió a la mujer mayor—, no tiene siquiera una idea de lo maravilloso que es su hijo. Con todo el poder que tiene, jamás ha actuado de la forma tan baja que usted lo ha hecho.
—Mi hijo es un tonto sentimental—hizo un mohín despectivo—. Es mi deber sacarle de encima a las arribistas escaladoras que creen en mejorar su estatus a través del sexo.
—Se equivoca, pero no importa. No me conoce.
—Ni siquiera me interes