El paso no tuvo dirección, pero lo sentimos como una caída que no descendía ni avanzaba ni atravesaba nada reconocible, una pérdida progresiva de toda referencia que alguna vez nos sostuvo, no como desintegración violenta sino como un desvanecimiento limpio, preciso, implacable, donde cada rastro de lo que habíamos sido comenzaba a diluirse sin resistencia, como si ese lugar no rechazara nuestra existencia, sino que la volviera innecesaria.
Jake no soltó mi mano.
Pero ya no era un gesto físico.