El interior no tenía forma, pero tampoco carecía de ella; no era vacío ni plenitud, no era un espacio que pudiera recorrerse ni una ausencia que pudiera atravesarse, y sin embargo estaba lleno, no de cuerpos ni de estructuras ni de entidades distinguibles, sino de presencias que no necesitaban definirse para ser percibidas, una multitud silenciosa que no interfería ni se superponía ni competía, pero cuya existencia hacía imposible cualquier idea de soledad.
Jake no soltó mi mano.
Ese detalle, m