La sala de juntas del complejo Montoya se había convertido en un tribunal. Yo era juez, jurado y verdugo. Siempre lo había sido.
Observé a los cinco hombres sentados frente a mí. Mis capos de confianza. Los que habían jurado lealtad a mi padre y luego a mí. Uno de ellos era un traidor.
—Señores —dije, apoyando ambas manos sobre la mesa de caoba—. Tenemos un problema.
El silencio era denso, casi palpable. Nadie se atrevía a sostenerme la mirada excepto Rodrigo, mi mano derecha desde hacía diez a