— ¿Eres humana? — me preguntó por quinta vez mientras me pinchaba con su dedo índice los brazos, espalda y cara.
— No me digas que no te habías dado cuenta, Guillermina. — dijo divertido su profesor, quien la trataba como a una sobrina consentida.
— Pero tengo que irme a otra cursada, debo prepararme. — le expliqué inútilmente al profesor, era evidente que no me estaba prestando atención.
— Te recomiendo que te quedes hasta el final del partido, necesitamos un jugador y solo nos quedas tú. — re