Cuando me acordé de esas palabras absurdas que escribió ese día en el papel, la rabia volvió.
Volteé a mirarlo y, a propósito, le dije:
—¿Ah, sí? Yo recuerdo que dijiste que eras compañero de Mateo. Ah, claro, también dijiste que eras buena persona y que me ayudarías a llevar un mensaje. Bueno… cuando vuelvas a verlo, dile de mi parte que aquí hay demasiados hombres guapos, ricos y poderosos, y que no pienso irme. Dile que…
No terminé la frase.
De repente, él bajó la cabeza y me calló con un bes