Mateo apretó los brazos y me envolvió con fuerza. Su barbilla descansó sobre mi cabeza, y la palma de su mano, cálida, recorrió lentamente mi espalda, tranquilizándome.
Su abrazo era amplio y seguro, como un refugio que aislaba todo el frío y el caos del exterior, haciendo que mi corazón inquieto se calmara lentamente.
Su voz, baja y ronca, llevaba una firmeza incuestionable.
—Cuando volvamos, nuestra familia de cinco nunca se separará.
Una familia de cinco…
Mi corazón tembló ligeramente, atrave