Su voz se fue apagando poco a poco.
Pero sentí una amargura en el pecho.
"Qué tonto eras, Mateo… apenas tuve tiempo de amarte, ¿cómo te iba a rechazar?"
El hombre levantó la mano; la yema de los dedos se acarició despacio la sien, justo en el borde del tosco contorno de Darío.
Aguanté la respiración y lo miré fijo. Así que era verdad… tenía puesta una máscara de piel humana. De verdad era increíble.
De repente, me puse tensa.
"No… ¿y si no puede volver a ponérsela después de quitarla?"
Cuando pe