Me incorporé de inmediato.
Mateo me miró, extendió el brazo y me atrajo hacia su pecho, diciendo al teléfono:
—Bien, lo dejamos aquí por ahora.
Con esa última frase, la llamada terminó.
Me apresuré a preguntarle:
—¿Vamos ahora mismo al invernadero a buscar a Sofía?
Mateo me acarició la espalda.
—No hay prisa. Haremos lo de Sofía esta noche.
—¿Esta noche?
Miré instintivamente hacia las cortinas.
—¿No es ya de noche? ¿Qué hora es?
—Aún es temprano, apenas pasa de la una de la tarde. ¿Quieres dormi