De una vez puse un tono miedoso y tímido:
—No, Darío, por favor… usted me ha entendido mal. No estaba coqueteando con ese juguete…
—¿Crees que soy ciego? ¿O sordo? Desde el principio vi cómo lo admirabas. ¿Qué? ¿Porque es más guapo y más rico que yo, ya te alteraste? ¡Te mato!
"Darío" gritó y me arrastró al baño.
Yo, obvio, le seguí la corriente llorando y suplicando, haciéndome la tímida.
Después de todo, mi papel era de mujer débil, interesada y dependiente de los hombres.
—Darío, por favor, n