Por suerte, “Darío” reaccionó rápido, me sostuvo y me atrajo de inmediato a su pecho.
Hizo mala cara y le gritó a la señorita Renata:
—¿Estás loca o qué? ¿Por qué empujas a mi mujer?
La señorita Alma apenas me dirigió una mirada fugaz; cuando sus ojos se posaron en “Darío”, los apartó con evidente desdén.
Y cuanto más lo despreciaba la señorita Alma, más emocionada se mostraba la señorita Renata, más ganas tenía de meter a “Darío” en su castillo para incomodarla.
Alzó la barbilla y habló con arr