La señorita Renata se quedó sin palabras ante semejante ataque. Su cara pasó del rojo al blanco, y del blanco a un tono verdoso; temblaba de la rabia.
Señaló a “Darío” con el dedo, incapaz de articular una frase completa:
—¡Tú… tú… vulgar de mierda! ¿Cómo te atreves a hablarme así?
Nunca la habían humillado en público de esa forma, y menos alguien a quien despreciaba desde lo más profundo de su corazón. La vergüenza y la ira se mezclaron; fuera de sí, agarró una maceta cercana y se la lanzó a “D