—Aurora, eres muy buena —dijo Mateo—. Para mí siempre lo has sido, siempre, siempre. Pase lo que pase, yo, Mateo, siempre te voy a elegir a ti.
Después de decir eso, me volteó hacia él y, con una sonrisa sutil, añadió:
—Mira, la herida ya no está sangrando y ya me la vendé yo mismo. No pasa nada.
Era cierto: se había vuelto a vendar la herida, aunque de una forma bastante torpe y descuidada. Aguanté la amargura que sentía en el pecho, levanté la mano despacio y toqué con cuidado su herida.
—La v