Su cara era la misma: tosca, con la piel bronceada, la barbilla cubierta de barba incipiente y una ligera cicatriz en el rabillo del ojo. Si uno la miraba bien, no tenía nada que ver con la cara atractiva que tenía Mateo. Y sin embargo, esos ojos y la forma en la que hablaba me hacían sentir que lo conocía desde siempre; no tenía sentido que me pareciera tan familiar a cada momento.
Pensé por un segundo si debía pedirle que se acercara para preguntarle en voz baja si de verdad era Mateo. Aunque