Parecía que Darío se había quedado sin paciencia. Golpeó el borde de la cama con fuerza; el impacto me zumbó en los oídos.
—¿A qué vienen tantas excusas? —me gritó—. No tengo paciencia. Si no me muestras ya esas "habilidades", ¡no me culpes si uso la fuerza!
Mientras hablaba, su rodilla me rozó la pantorrilla accidentalmente y sus ojos volvieron a dirigirse hacia la puerta. Con eso me quedó clarísimo lo que buscaba: quería que yo actuara con él una escena íntima y ruidosa, lo bastante alta para