Cuando dije esa última frase, incluso me puse a llorar a propósito con la voz temblorosa. El señor Felipe se rio fuerte de inmediato desde el otro lado de la puerta.
—¿Ves? Te dije que no la presionaras —le dijo el viejo—. Ya la hiciste llorar. Y tú también… ya es tu mujer y aun así la tratas con tanta dureza.
—¿Y cómo no? —respondió Darío en voz muy fuerte, lleno de desprecio—. Se anda con rodeos y encima lo hace esperar a usted. Eso no se puede permitir
El señor Felipe se rio de nuevo.
—Está b