Mientras yo movía la cama y me quejaba, maldiciendo por dentro, de repente también se empezaron a escuchar en el baño los jadeos fuertes del hombre. Me quedé paralizada del impacto. Me preguntaba si Darío era tan precavido y meticuloso que hasta le preocupaba no hacer suficiente ruido y levantar sospechas entre los que estaban afuera. Me tapé la cara, muerta de la vergüenza, mientras que con la otra mano seguía moviendo la estructura de la cama.
Así pasó más de una hora. Tenía los brazos molidos