En ese instante, casi todo el deseo en mis ojos ya se había apagado. Sus palabras me hicieron ver con claridad la situación en la que estaba.
Respiré hondo para recuperar la calma y me agaché, buscando la toalla en el suelo. Pero Mateo me agarró fuerte de la cintura e impidió que me moviera.
Volvió a acercarse y su presencia me dominó por completo.
Me miró fijamente.
—Dime, si lo amas a él, ¿por qué sigues dispuesta a acostarte conmigo? —me preguntó en voz baja.
Lo dijo sin rodeos. Y era verda