Aunque yo miraba al piso, podía sentir a Mateo observarme.
Conocía demasiado bien esos ojos llenos de deseo. Quemaban. Siempre quemaban.
Mateo no habló durante mucho rato. Se quedó ahí, de pie frente a mí, en silencio.
Mi vista quedaba justo a la altura de su abdomen firme y marcado.
Entonces, otra vez, mi mente empezó a recorrer esas escenas que no debía recordar. Con solo imaginarlo, el calor me subió del pecho a las mejillas; ahora mi cuerpo entero estaba en llamas.
El silencio de Mateo, es