Esa frase dejaba muy claro que el señor Felipe sospechaba otra vez de su identidad.
—Ay, señor Felipe, me ha entendido mal —exclamó de repente Darío con su voz ronca, mientras dejaba el látigo de golpe y saltaba sacudiéndose la mano—. ¡Duele, duele como el demonio!
Su reacción hizo que el señor Felipe se quedara desconcertado por un segundo. Ricardo avanzó entonces un paso. El hombre mantenía la mirada penetrante y serena. Observó el bastón eléctrico en la mano de Darío y, con una sonrisa medida