Ricardo dijo:
—Después de todo, a la señorita Alma la crio usted personalmente. No iba a ser tan tonta como para quedarse con una mujer que dé problemas. Y mucho menos iba a ser tan imprudente como para confiarle lo que piensa de verdad a alguien que conoce hace tan poco tiempo, ¿no le parece?
El corazón me dio un salto.
Las palabras de Ricardo no tenían ni una falla. Por un lado, hacían quedar bien al señor Felipe como el hombre que había educado con cuidado a la señorita Alma, alimentando ese