Me reí de la rabia.
—Aquí no hay extraños, señor Dupuis, así que no necesitas hacerte el inocente conmigo.
—¡Eh! —respondió, fingiendo estar disgustado.
—Yo, en serio, aprecio a esos dos niños tuyos, por eso les elegí los regalos con tanto cuidado. ¿Cómo puedes decir que finjo? Tus palabras me hieren, Aurora...
—¡Basta! —lo interrumpí con voz cortante.
—¿Llamas "regalo" a enviar un mastín a atacar a mis hijos? Qué detalle el tuyo, tan fuera de lo común que nosotros, los simples mortales, no pode