Por instinto volteé y vi a los guardias que ya venían con las cadenas de hierro que bajaron de la pared.
Darío se molestó y, con voz ronca, les dijo:
—Yo me encargo.
Los guardias, que al parecer conocían bien su mala fama, no se atrevieron a llevarle la contraria y le dieron las cadenas.
Darío las agarró y me lanzó una mirada amenazante.
—Compórtate. No seas terca; así evitarás sufrir de más. Y si quieres seguir viva, más te vale saber leer la situación. Al señor Felipe, pregunte lo que te pregu