Esta sensación de estar como en un matadero, a merced de que me sacrificaran cuando quisieran, me llevó al límite del miedo.
Pero, para mi sorpresa, él no hizo nada fuera de lugar.
Se quedó ahí, frente a mí, con la mirada baja, y las manos quietas… incluso le temblaban un poco.
No era un temblor de excitación, sino más bien el de alguien que hacía un esfuerzo por contener una emoción intensa.
Sus ojos se posaron en las cadenas de mis muñecas; tragó saliva.
El deseo sucio y malvado de antes desap