Mientras hablaba, Darío volvió a intentar agarrarme.
Me aparté de inmediato y le grité, molesta:
—¡No me toques! Ya te dije que voy a caminar sola.
Darío me miró muy mal. No dijo nada más; solo me presionó para que avanzara.
Ahora tampoco podía escapar; seguir demorándome no servía de nada. Apreté los puños y di un paso al frente para seguir.
En fin.
Este lugar era, al fin y al cabo, territorio del señor Felipe. Por muy loco que estuviera Darío, no debería atreverse a hacerme nada aquí.
¡Ay!
No