Hasta que un día, en pleno arranque, Mateo no midió la fuerza y esa prenda terminó hecha trizas.
Desde entonces no la usé más.
Pensándolo bien, a Mateo no solo le gustaba. Le fascinaba.
Los recuerdos de esos días intensos me daban vueltas una y otra vez, y sentía el calor en todo el cuerpo.
Cuando subía las escaleras, con la cabeza baja, choqué de frente con Mateo, que bajaba.
Por suerte reaccionó rápido y me tomó del brazo antes de que me cayera al piso.
Ya estaba vestido y, un poco molesto, me