Cuando el señor Felipe terminó de hablar, Darío gritó con exageración.
Estaba furioso y se le notaban las ganas de matar, como si deseara sacar de inmediato a mi marido y hacerlo pedazos con sus propias manos.
El señor Felipe se volteó para mirarlo y sonrió con esa amabilidad que daba miedo y ponía la piel de gallina.
—No te impacientes —dijo con un tono casi paternal—. Más adelante sacaremos a su marido, y entonces podrás hacer con él lo que quieras. Igual que… cuando Alma torturó a ese hombre