Eso sonó extraño, como si dijera que cada vez que le quitaba la ropa, lo hacía de forma brusca.
Sin darle más vueltas a su comentario, abrí su camisa para revisar la herida. Él intentó detenerme, pero yo lo miré, molesta:
—Mateo, ¿ya vas a dejar de jugar? —grité, irritada.
Al final, soltó la camisa y me sonrió, resignado.
—¿Quieres que me la quite toda para que revises a gusto? —preguntó, con un tono burlón.
Tal como temía, la herida todavía no cerraba y hasta estaba un poco inflamada. En el bor