Mientras hablaba, le di un beso en los labios.
Él sonrió de inmediato.
Había una felicidad en su expresión que era fresca como brisa de primavera.
Tenía unos ojos lindos: penetrantes, tiernos, capaces de hacer que cualquiera se perdiera en ellos.
Sin poder evitarlo, volví a besarlo.
Mateo me abrazó más fuerte, y ya no pudimos dejar de besarnos.
Fueron besos tranquilos, sin prisa, llenos de ternura.
Pasamos un buen rato así, en el estudio, y cuando por fin bajamos a desayunar, ya era casi mediodí