La puerta del estudio estaba entreabierta. Cuando la empujé, lo vi de inmediato: estaba de espaldas, apoyado contra el escritorio.
Mateo estaba sin camisa, dejando al descubierto su espalda fuerte y definida. Tenía la cabeza baja, y no supe qué estaba haciendo.
Quedé intrigada y avancé despacio.
—Mateo... —lo llamé.
Mi voz pareció asustarlo. Rápido, se puso la camisa y volteó hacia mí.
—¿Ya despertaste? —dijo.
Asentí y di la vuelta al escritorio para quedar frente a él. Mientras abrochaba los bo