—No pasa nada —Mateo me miró con una ternura infinita y sonrió—. Es solo una herida chiquita, tú me la curas en la casa.
¿Cómo iba a ser una herida chiquita?
Él apretó tanto el filo de la navaja que cada dedo quedó abierto.
¿Cómo podía decir que era “solo una herida chiquita”?
Yo sabía que lo decía para consolarme; no quería ir al hospital porque me veía mal de ánimo y lo único que quería era que yo descansara.
—¿Vas a gastar todas las lágrimas de tu vida en un solo día? —Mateo me acarició la ca