De la nada, Carlos se metió en mi camino. Preocupado y conflictuado, me preguntó:
—Tú… ¿estás bien?
Mi padre también se acercó, fingiendo inquietud:
—Aurora…
Yo respondí, con una sonrisa de rabia:
—¿Y ustedes quiénes son? ¿Acaso los conozco?
La cara de Carlos cambió; los ojos se le enrojecieron, pero no dijo nada.
Mi padre suspiró:
—Aurora, no seas así. No importa lo que pase, sigo siendo tu padre. Eso nunca va a cambiar.
No quería ni mirarlos.
Cerré los ojos, agotada, y me acurruqué en el pecho