Aurora
El coche de Gael se detuvo frente a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad. La estructura de ladrillo rojo, con ventanas tapiadas y grafitis desgastados, parecía sacada de una película de terror. Miré a Gael, que mantenía sus manos firmes sobre el volante, con los nudillos blancos por la presión.
—¿Estás seguro de que quieres que te acompañe? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
Sus ojos, oscuros como la noche, se clavaron en los míos.
—Necesito que veas esto, Aurora.