Leonardo De la Rua observaba el horizonte de la ciudad desde el ventanal de su oficina, donde el cristal blindado parecía ser lo único que lo separaba de un mundo que siempre había intentado devorarlo. El peso de la caoba bajo sus manos le resultaba familiar, reconfortante. Había vuelto a tomar el mando durante la ausencia de su nieto, y aunque sus huesos protestaban por las largas jornadas, su espíritu se sentía más vivo que nunca.
Había algo adictivo en el poder, en ese silencio sepulcral qu