El misterio que rodeaba aquella puerta había sido el combustible de las insomnias de Yestin. Durante días, su imaginación había trazado mapas de lo prohibido, construyendo tras esa madera un santuario de secretos o, quizás, un calabozo de pesadillas. Cuando finalmente se abre, la realidad la golpea con un vacío inesperado: la oscuridad absoluta.
El señor De la Rua cruza el umbral primero. No hay luces, no hay sonido de interruptores, solo el roce de sus zapatos sobre el suelo. Yestin se queda p