El silencio en la habitación se volvió denso, casi sólido, mientras Castiel procesaba la petición de su esposa. No era solo el alcohol lo que flotaba en el aire; era una tensión eléctrica, una cuerda tensada al máximo punto antes de romperse. Cuando Yestin se dio la vuelta, ofreciéndole la espalda con una vulnerabilidad que contrastaba con su mirada desafiante, el mundo de Castiel se redujo a la curva de sus hombros y el brillo metálico del cierre del vestido.
Sus dedos, usualmente firmes y seg