El eco de los tacones de Yestin contra el mármol de la mansión sonaba como disparos en el silencio sepulcral de los pasillos. Su respiración era errática, un silbido contenido de rabia y humillación. Al entrar en aquella habitación —ajena, fría, de techos tan altos que la hacían sentir diminuta—, el peso del día cayó sobre ella. Se dejó caer en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, y sus ojos se clavaron en la seda del vestido.
—Maldita seas... —susurró, con la voz quebrada por el odio.