El motor del Mercedes Benz ronroneaba con una suavidad casi insultante comparada con la tormenta eléctrica que sacudía el interior del vehículo. En cuanto la puerta se cerró, aislándolos del resto del mundo, la farsa se desmoronó. Yestin soltó la mano de Castiel con una brusquedad que dejó un rastro de frío en el aire.
Castiel apretó los dedos contra la palma vacía. No se lo esperaba, o quizá sí, pero le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Se había acostumbrado a la calidez de su p