Yestin podía escuchar el suave tic-tac de un reloj de pared que parecía marcar no el tiempo, sino el ritmo de sus propios latidos. Sentía las palmas de las manos ligeramente humedecidas, un síntoma de la ansiedad que luchaba por mantener a raya. Cada fibra de su ser le advertía que estaba caminando sobre una cuerda floja, y frente a ella, los ojos gélidos de Leonardo de la Rua la observaban como un halcón a punto de lanzarse sobre su presa.
Respiró hondo, un movimiento casi imperceptible del pe