Capituló 30
Castiel De la Rúa se quedó de pie en el centro de su oficina, rodeado por el silencio sepulcral que solo el dinero puede comprar. Una sonrisa, lenta y cargada de una victoria que le sabía a gloria, se dibujó en su rostro. Lo había logrado. Había puesto las piezas en el tablero y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el control total volvía a sus manos. Sin embargo, el triunfo no venía solo. Bajo la seda de su ropa, la persistente y dolorosa elevación de su anatomía le recordaba que no era
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