Los proyectiles improvisados —un jarrón de porcelana, un libro de tapa dura, un portarretratos— surcaban el espacio con silbidos violentos. Castiel no se inmutaba. Con una agilidad casi insultante, ladeaba la cabeza o movía el torso apenas unos centímetros, dejando que los objetos se hicieran añicos contra la pared a sus espaldas.
Cada estruendo alimentaba la furia de Yestin. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una rabia líquida que le quemaba las venas. Cuando se quedó sin nada más que l