Capituló 12
El silencio en la oficina de Castiel no era paz; era una presión sorda que le martilleaba las sienes. Cada paso que daba hacia el baño privado de su despacho le costaba un esfuerzo titánico, como si sus piernas pesaran toneladas. La fricción de la tela de su pantalón contra su piel era un recordatorio ardiente de que había perdido el control. Al cruzar el umbral, cerró la puerta y giró el seguro con un clic metálico que resonó en el espacio aséptico. No quería interrupciones. No quería que nadie
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