El silencio en la oficina de la presidencia de los De la Rua no era un silencio de paz, sino uno de esos que pesan, que se sienten en los oídos como si estuvieras a mil metros bajo el mar. Castiel estaba sentado tras su escritorio de caoba, con la mirada perdida en el sobre de color crema que acababa de llegar por mensajería privada. No necesitaba abrirlo para saber qué contenía. El remitente era más que evidente.
Con los dedos temblorosos, Castiel rasgó el sobre. Al deslizar las hojas, lo pr