El viento del acantilado soplaba con una fuerza salvaje, agitando las cortinas de la terraza como si fueran banderas de rendición. Rosa de la Rua no apartaba la vista del vientre de Yestin. Esa curva perfecta era la prueba irrefutable de que todo el odio, las dudas y el divorcio habían sido una farsa alimentada por el despecho.
—No puedes quedarte aquí escondida mientras él firma su sentencia de muerte, Yestin —dijo Rosa, dando un paso hacia ella—. Castiel está acelerando la boda porque piensa