La mansión de los De la Rua se sentía ese día como un mausoleo. El aire estaba viciado por el olor a incienso y a ese perfume rancio que Leonardo solía usar, una fragancia que evocaba poder, pero también decadencia. Rosa caminaba por el pasillo principal cuando la puerta del despacho de su abuelo se abrió de par en par.
Leonardo salió con una sonrisa que le heló la sangre. Era una expresión de triunfo absoluto, la misma que ponía cuando lograba absorber una empresa rival o destruir la reputaci